Cambio climático: promesas sin inversión

 

Ni los políticos ni las sociedades están interesados en energías alternativas y reducción de emisiones. Así, las soluciones son escasas y poco efectivas.

 

Por: Bjorn Lomborg

 

A menudo se nos dice que abordar el calentamiento global es la tarea que define nuestra era. Un ejército de expertos sostiene que debemos recortar las emisiones y hacerlo de inmediato y drásticamente. Pero este argumento está perdiendo su poder de convencimiento.

Según una encuesta del Centro Pew, el calentamiento global es ahora el problema de política con la prioridad más baja entre los estadounidenses. Otra encuesta de Pew mostró que a China, el mayor emisor del mundo, el calentamiento global le importa aun menos que a Estados Unidos. En el Reino Unido, una encuesta de la empresa Opinium reflejó que la mayoría de los electores creen que el objetivo principal de los impuestos verdes es recaudar dinero y no proteger el medio ambiente, y 7 de cada 10 no están dispuestos a pagar más impuestos para combatir el cambio climático.

Al mismo tiempo, las soluciones que se han propuesto para el problema del calentamiento global han sido fatales. En 1992, en Río de Janeiro, los políticos de los países ricos prometieron reducir las emisiones para el año 2000, pero no lo hicieron. Los líderes se reunieron una vez más en Kyoto en 1997 y prometieron llevar a cabo recortes de las emisiones de carbono incluso más estrictas para 2010, pero éstas siguieron aumentando y Kyoto no ha ayudado prácticamente en nada para cambiar esa situación.

Lo más trágico es que cuando los líderes se reúnan nuevamente en Copenhague en diciembre seguirán adoptando las mismas soluciones: promesas de realizar recortes aun más drásticos de las emisiones que, una vez más, es poco probable que se cumplan.

Afortunadamente, tenemos una opción mucho mejor con una posibilidad mucho más alta de tener éxito: debemos hacer que las fuentes de energía de baja emisión de carbono como la energía solar sean una alternativa real y competitiva frente a las viejas fuentes de energía, y no el dominio exclusivo de los ricos que se quieren sentir "más verdes".

Por lo tanto, debemos invertir en una escala efectiva en la invención de tecnología nueva. Al contrario de lo que podría imaginarse, el Protocolo de Kyoto no ha dado lugar a esas investigaciones. En efecto, la inversión para la investigación se ha desplomado desde los años ochenta y no ha aumentado desde entonces, incluso entre los países participantes en Kyoto.

Hacer grandes inversiones en investigación y desarrollo de energía de baja emisión de carbono, energía solar u otras tecnologías nuevas resultaría más barato que los combustibles fósiles mucho más rápido. Según cálculos económicos, por cada dólar gastado habría beneficios por 16 dólares.Todos los países deberían estar de acuerdo en gastar el 0.05% de su PIB en investigación y desarrollo de energía de baja emisión de carbono. El costo global total sería 15 veces más alto que el gasto actual en la investigación de fuentes de energía alternativas, pero seis veces menor que el costo de Kyoto.

Un acuerdo de esta naturaleza podría ser el nuevo tratado de Kyoto. La principal diferencia sería que este protocolo sí marcaría una diferencia y tendría buenas oportunidades de ser aceptado a nivel mundial.

¿Por qué no hacer las dos cosas: invertir en investigación y desarrollo y prometer recortes de las emisiones de carbono?

Copyright Clarín y Project Syndicate, 2009.

 

Fuente: Diario «Clarín», Sección “Opinión”, 19 de mayo de 2009.

 

             

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