Experimentación con células madre

Ciencia, ética y verdad

Primarosa Chieri
Para LA NACION

Hace unos pocos días, un reconocido médico y periodista cerró su programa televisivo con una frase cargada de optimismo y expectativa en relación con otro gran avance de la ciencia. Me refiero al polémico tema de las investigaciones sobre células madre embrionarias. Sin lugar a dudas, él, al igual que el flamante presidente de los Estados Unidos, es uno entre otros muchos que han comprendido qué son las células madre y su potencial alcance en beneficio del ser humano.

Es entendible que, para las personas poco relacionadas con las ciencias biológicas, resulte un tanto difícil comprender de qué se trata todo esto de las células madre o células progenitoras. Las opiniones vertidas son diversas; probablemente, cada uno de nosotros tenga la propia. A mi modo de ver, todas válidas y respetables, a excepción de los que opinan sin saber, con desconocimiento.

Las investigaciones sobre células madre no comenzaron ahora, ya en el siglo pasado un grupo de científicos de Wisconsin, encabezado por James A. Thomson, publicó los primeros trabajos en la prestigiosa revista Science . Una explicación simplificada de ellas sería la siguiente: toda vez que un óvulo es fertilizado, comienza a multiplicarse y, luego de aproximadamente cinco días, se transforma y toma el nombre de blastocisto. El blastocisto es una esfera líquida que contiene las células que darán lugar, por un lado, a la placenta y, por otro, a células (no más de 15 a 20), que formarán el embrión, que es el que dará lugar a las células madre embrionarias, cada una idéntica a la otra, pero con la capacidad potencial de formar un cuerpo humano; por ello se las llama células totipotenciales. Tratándose de células madre, tanto del embrión como del adulto, su dinámica, si bien es profundamente disímil, aparentemente encierra los mismos principios; algo así como compartir los mismos secretos.

Ahora bien -y aquí está el meollo de estas investigaciones-, cuando estas células se hacen crecer en el laboratorio, dentro de medios con un particular tipo de nutrientes, puede prevenirse su capacidad de especializarse. Casi inmortales, crecen y se dividen en forma indefinida. Pero si estas mismas células son transferidas a otro tipo de medios nutritivos, comienzan a diferenciarse en células hepáticas, cardíacas, nerviosas, etc.

No suficiente con esto, actualmente es posible modificar genéticamente su propio aparato inmunológico y poder así prevenir el tan temido y frecuente rechazo de los trasplantes. Convengamos que no todos podemos tener un hermano compatible que, en caso de necesidad, "nos dé una mano"; vale decir, nos dé un poco de su médula ósea para poder curar, por ejemplo, una leucemia, un linfoma u otras dolencias.

¿Cuáles son los potenciales frutos de estas investigaciones? Sólo mencionaré algunos de ellos. Conocer con más profundidad los mecanismos que intervienen en el desarrollo normal y en el desarrollo patológico de un embrión humano, con la finalidad de lograr un mejor conocimiento de cómo se originan las malformaciones congénitas, por qué un bebé nace perfecto y otro, con el labio hendido o sin los dedos de una mano. También son útiles como fuente renovable de células para trasplante de tejidos, reemplazo de células y terapia génica. Pueden ser inducidas a ser células pancreáticas, que darán lugar a la formación de insulina para aquellos pacientes que, por el daño de sus células pancreáticas, se volvieron diabéticos, o bien hacer crecer células cardíacas e inyectarlas directamente en el corazón de pacientes que padecieron un infarto cardíaco.

La aplicación de estos prometedores tratamientos médicos se halla parcialmente disponible, pero en un futuro no muy lejano se utilizaran en forma corriente. ¿Compraremos por Internet un dispositivo que contenga un líquido con células epiteliales como tratamiento antiedad? ¿O con células nerviosas para restablecer la memoria perdida?

Todos estos avances no dejan de asombrarnos y nos hacen meditar (si bien no a todos) sobre cuáles son las virtudes "humanas" que han dado lugar a tantos descubrimientos científicos a lo largo de nuestra corta historia.

Desde un punto de vista biológico, el hombre, genéricamente hablando, se encuentra en la etapa más avanzada de la evolución; fundamentalmente, a partir de la adquisición del lenguaje y de una visión más detallada del mundo externo y de su mundo interior. Todo esto, sumado a su capacidad imaginativa, ha dado lugar a los grandes descubrimientos y teorías emitidas por personajes finalmente reconocidos por todos, como un Galileo o un Leonardo, y más recientemente James Watson, galardonado en 1953 por describir la doble cadena de ADN.

También cabe preguntarse por qué la gran mayoría de los científicos fueron cuestionados, castigados o sintieron caer sobre su cuello el filo de la guillotina, como le sucedió a Lavoisier. Otros, como Gregorio Mendel, padre de la genética, un monje agustino ignorado durante más de un siglo, además de cumplir sus deberes como abad de su monasterio realizaba sus experimentos científicos en forma oculta y silenciosa.

¿Por qué atacar a los que trataron de demostrar fenómenos del mundo que nos rodea, buscando la verdad, invalidando homúnculos o fuerzas mágicas? ¿Acaso eran inmorales? A mi entender, la ética en la ciencia es justamente ésta: tratar de demostrar una verdad o aproximarse lo más posible a ella. Sabemos que con nuevas herramientas, muchas de estas teorías fueron modificadas con el tiempo. Sin embargo, la visión que ellos tuvieron en esos momentos era aceptada por toda la comunidad científica.

Desde hace más de 300 años, la ciencia ha ido invadiendo nuestro mundo, y es tan exitosa por su capacidad de cambiar; y lo hace con la más absoluta honestidad e integridad moral, si bien hay excepciones, que suelen ser severamente castigadas. Si no se respetan los cambios, si no somos disidentes, entonces pasamos a ser una sociedad totalitaria, como la de las abejas, que no pueden elegir y pueden responder únicamente a su invariable mandato genético.

Las grandes controversias sobre los aspectos éticos de estas nuevas investigaciones deberán ser tratadas adecuadamente y con respeto por todas las corrientes ideológicas, para llegar finalmente a un consenso para su regularización, puesto que representan un dramático cambio tanto para la biología como para la medicina, en beneficio del ser humano.

Los progresos científicos y tecnológicos no son malos. Lo malo es el uso que se puede hacer de ellos, y esa es la real cuestión, allí se juega la ética del hombre en pos del hombre. Las vacunas, los medicamentos, esa pastillita que usted toma todas las mañanas para combatir la presión arterial o su depresión han tenido que pasar obligatoriamente por estrictos protocolos, incluida la experimentación en seres humanos.

Y finalmente, ¿cómo cree usted que puede reaccionar una madre a la que le acaban de informar que su niño de 6 años padece una enfermedad mortal, pero que ahora tiene la opción de curarse en virtud de un nuevo adelanto científico, obtenido a partir de las experiencias hechas con células madres embrionarias?

Vale la pena meditarlo.

La autora es médica genetista.

 

Fuente: Diario «La Nación», Sección “Opinión”, 27 de marzo de 2009.

  

             

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