Límites de la fertilización in vitro

Diana Cohen Agrest

para LA NACION

HOY la fertilización in vitro (FIV) es una suerte de feliz bendición para ayudar a parejas infértiles a tener un hijo. Sin embargo, este escenario edulcorado a menudo fue oscurecido con cierto amargor. Desde el descubrimiento mismo de la técnica por parte de Patrick Steptoe y Robert G. Edwards (que acaba de obtener el Premio Nobel de Medicina), se sostuvo que la FIV es antinatural y, por su índole misma, incorrecta. Esta afirmación puede ser tomada en el sentido corriente o en un sentido más filosófico. En el sentido corriente, entre las opiniones del lego se suele escuchar que el procedimiento implica una interferencia en un proceso natural y, por esa intromisión, está mal. El problema obvio con dicha objeción es que si todo lo que interfiere en un proceso natural está mal, entonces deberíamos renunciar a cosas tales como la cirugía para reemplazar caderas con artritis o hasta los anteojos para ayudar a la gente que es corta de vista. De algún modo, toda la medicina moderna puede ser interpretada como una poderosa, colosal interferencia humana en el proceso natural de la enfermedad.

La versión filosófica de la objeción de que la FIV es antinatural merece mayor atención. Deriva de la teología moral católica, que apela a las doctrinas elaboradas por Santo Tomás de Aquino y reunidas bajo la teoría de la "ley natural", invocada por la Iglesia Católica en la instrucción Donum Vitae . Una de las razones alegadas es el vínculo inescindible entre el significado unitivo y procreativo del matrimonio que, a juicio de la Iglesia, no pueden disociarse en cuanto a que la unión amorosa debe tener, entre sus fines, la procreación.

Sin embargo, numerosas objeciones a la fertilización asistida provienen de un campo muy distante de las barreras impuestas por la religión en Occidente. Estas otras voces no critican el procedimiento antinatural de la FIV, sino la FIV en las condiciones sociales y circunstancias bajo las cuales se lleva a cabo en el presente.

La piedra de toque es el llamado "prejuicio pro-natalista" que impulsa a las mujeres a tener hijos sin atender a sus peculiaridades y límites biológicos. Vivimos en una sociedad donde se espera de las mujeres que tengan hijos y donde se les hace sentir que están "incompletas" si no los tienen. Estas expectativas llevarían a pensar que las mujeres infértiles que se enrolan en un programa de tratamiento de FIV no lo hacen como resultado de una libre elección. En su lugar, se alega, se encuentran bajo una presión intensa ejercida por sus parejas, por sus familias, y por ciertos valores culturales tradicionalmente incuestionables. Se argumenta que su deseo más profundo, el embarazo, el mismo que ansían tan desesperadamente, ha nacido en cierta medida condicionado. La FIV alienta esperanzas que a menudo no pueden ser concretadas, y conduce a que aquellas mujeres que no pueden quedar embarazadas ni aun con los procedimientos a los que se someten a sentirse responsables de sus "fracasos" y hasta a culparse por sus presuntas fallas personales.

De acuerdo con la filósofa feminista Mary Anne Warren, la objeción más importante dirigida a la FIV es que su existencia socava investigaciones más efectivas en la búsqueda de la etiología de la infertilidad, las causas de este mal cuyo conocimiento podría conducir a la prevención de muchos de los daños que la FIV fue diseñada para enfrentar. De hecho, recurriendo a la fertilización, añade, hasta se puede llegar a " bypassear " una exhaustiva investigación hormonal en la pareja. Pero además, lo cierto es que dado que la tecnología está disponible (para quienes la pueden pagar, y esa inequidad expresa otros problemas en la distribución de recursos en salud), a menudo se comienza un tratamiento sin haber esperado un tiempo prudencial para probar si el mismo era realmente necesario.

Una vez que somos confrontados con el abanico de problemas éticos nacidos de la mano de la probeta, nuestra capacidad de asombro no termina de ejercerse allí. Hoy es posible desarrollar un embrión hasta que cuente con unas pocas células, y luego crioconservarlo indefinidamente, hasta que algún día se implante en alguna mujer. Calculemos, entonces, que una pareja de hoy puede tener un hijo genético que será un adulto dentro de 200 años. Y la FIV podría desembocar en la posibilidad de la "ectogénesis", esto es, a un útero artificial que podría significar, en un futuro, que los niños podrían nacer sin la necesidad de que una mujer esté embarazada.

Uno de los desafíos ético-prácticos que deben enfrentar los médicos es deudor de la imposición de límites a las demandas de los pacientes: ¿es correcto vender y comprar óvulos y esperma, haciendo de la vida humana una mercancía más? ¿Es correcto traer un hijo al mundo cuando su madre posmenopáusica probablemente morirá cuando su hijo tal vez sea todavía un niño? ¿Es correcto elegir el sexo del bebe, por lo general varón, en desmedro del sexo femenino de por sí históricamente relegado? ¿Es correcto el alquiler de útero, práctica que da lugar a que un niño pueda tener dos y hasta tres madres? ¿Se deben proveer las técnicas de reproducción asistida a hombres o mujeres sin pareja? ¿Y a parejas homosexuales?

Nos debemos un debate adulto en torno a todas estas prácticas, enmascaradas tras una retórica optimista y sensiblera dominada por los intereses en juego, no siempre transparentes. El vacío legal sobre los usos autorizados y prohibidos de estas técnicas invita a un laissez faire donde éstas suelen ser promocionadas con las estrategias más propias del merchandising (empezando por el turismo reproductivo, en el que se ofrece un paquete médico-turístico que, en verdad, oculta un procedimiento médico de complejidad). Y en el mejor de los casos, las posibilidades inauguradas por esta técnica son tan impredecibles que, cuando son tomadas con la debida profesionalidad, ejercen una genuina presión ética entre los profesionales que trabajan en este campo.

Fuente: Diario “La Nación”, Sección “Opinión”, 19 de octubre de 2010.

 

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