Salvaje o civilizada, la pena de muerte siempre es criminal

Contra la asesina y la adúltera. En EE.UU. o en Irán, dos formas de una misma ley perversa.

Por Umberto Eco, ESCRITOR Y FILOSOFO ITALIANO

Teresa Lewis fue ejecutada en octubre en Virginia con una inyección letal; nadie será castigado por su asesinato porque había sido condenada a muerte legalmente. Había planeado el asesinato de su esposo e hijo adoptivo (lo que, por supuesto, era ilegal) y los que la mataron actuaron con la bendición de las autoridades.


Y ahora, el presidente iraní Mahmoud Ahmadineyad ha respondido a los exhortos occidentales de clemencia para una supuesta adúltera sentenciada a morir lapidada o ahorcada (el castigo ha sido pospuesto, pero las autoridades afirman que sigue siendo una posibilidad) diciendo en esencia: ¿se quejan porque queremos matar legalmente a una mujer iraní cuando matan legalmente a una estadounidense? Una objeción para la lógica de Ahmadineyad es que la estadounidense orquestó el asesinato de su esposo, mientras la iraní, Sakineh Mohammadi Ashtiani, sólo fue infiel. Y la estadounidense murió sin dolor, mientras la iraní corre el riesgo de morir de forma brutalmente dolorosa.


Pero una respuesta de este tipo implica dos cosas: que mientras una adúltera no debería ser castigada con más que una separación legal, sin derecho a pensión, es aceptable castigar a asesinos con la pena capital, siempre y cuando el método de ejecución no sea muy doloroso. Si nuestro juicio no estuviera tan nublado, tal vez veríamos el punto más general: que ni siquiera los asesinos deben ser sentenciados a muerte, que las sociedades no deberían matar a sus ciudadanos ni siquiera luego de un debido proceso, ni siquiera si la ejecución es relativamente indolora.


¿Cómo responderían los ciudadanos de los países democráticos al líder de un país más bien antidemocrático cuando nos pide que no critiquemos la pena capital de Irán dado que algunas naciones occidentales todavía tienen crueles castigos mortales? La situación es más bien rara, y me gustaría saber si estos occidentales (en cuyas filas figura la primera dama de Francia, Carla Bruni-Sarkozy) que protestan contra la pena de muerte en Irán también han protestado contra la de Estados Unidos. Sospecho que la mayoría, no.


Los occidentales se han desensibilizado con el alto número de ejecuciones legales en Estados Unidos. No obstante, nos horroriza la idea de que una mujer muera en Irán masacrada por una lluvia de piedras o ahorcada. Ciertamente, no soy inmune a esto: cuando me enviaron una solicitud para que me manifestara contra la lapidación de Ashtiani, la firmé inmediatamente. Al mismo tiempo, pasé por alto el hecho de que la virginiana Teresa Lewis iba a ser sacrificada.


Los humanos somos animales muy raros, capaces de mucho amor y de cinismo extremo, igual de dispuestos a proteger un pez de color que a hervir una langosta viva, aplastar un ciempiés sin remordimientos y tildar de bárbaro al que mata una mariposa. Aplicamos una doble moral ante dos sentencias capitales: nos escandalizamos con una y hacemos la vista gorda con otra.
Algunas veces coincido con el escritor rumano Emil Cioran, quien afirmó que la creación, una vez que escapó de las manos de Dios, debe haber quedado a cargo de un chapucero torpe, tal vez un poco ebrio, con ideas bastante confusas.

Copyright U. Eco / L’Espresso, 2010.

Fuente: Diario «Clarín», sección Opinión. 07 de noviembre de 2010.

 

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