Cómo intervenir sobre la muerte

Una ley posible de muerte digna debería implicar la regulación del uso del soporte vital para proteger a los pacientes, especificar las acciones de los médicos, asegurar la participación familiar y preservar la dignidad del fin de la vida.

Por Carlos Gherardi, DOCTOR EN MEDICINA. AUTOR DE “VIDA Y MUERTE EN TERAPIA INTENSIVA” (BIBLOS)

Cuando el avance tecno-científico permitió que en el transcurso del tratamiento del paciente grave y crítico se pudiera mantener las funciones de los órganos vitales con soportes externos, asomó una nueva ética de la vida y de la muerte.

Esa nueva ética no indicó un nuevo orden moral, pero sí un replanteo posible e indispensable para debatir desde diversos puntos de vista nuevas opciones sobre lo que está bien o lo que está mal para cada uno en esta circunstancia.

Lo que nunca debiera ocurrir en una sociedad plural es que todos estuviéramos obligados a pensar y actuar de la misma manera frente a hechos que ya forman parte de la realidad médica cotidiana.

Todas estas decisiones que involucren soportes vitales, en cualquier sentido que fuera, constituyen un desafío con un alto costo moral porque generan situaciones no deseadas y eventuales perjuicios que pueden estar presentes en cualquier caso .

Y entre esos costos morales está el sufrimiento del paciente, el del núcleo familiar y también del grupo médico . Y la naturaleza y el grado de ese costo y de ese sufrimiento es el que debe poder ser evaluado y elegido. La existencia del soporte vital en el paciente grave llevó a la medicina a diagnosticar la muerte encefálica hace ya 43 años en determinados pacientes con un específico cuadro neurológico . Una norma legal que cada país eligió para sí determinó que estaban muertos aquellos que hasta ese momento eran considerados vivos.

Aquí terminó para siempre la cuestión de la muerte natural en todos los casos.

Fue un valiente freno al imperativo tecnológico que indica que todo lo que se puede se debe en un ámbito asistencial donde una red de seguridad vital permite sostener la vida, hasta por períodos muy prolongados, en situaciones impensables hace pocas décadas.

A partir de entonces la medicina debió aprender a administrar la llegada de la muerte con el uso cotidiano de los soportes vitales porque ya nadie puede ignorar la estrecha vinculación de la misma con su uso o su retiro. Es bueno saber que las acciones sobre el soporte vital tanto en su aplicación, abstención o retiro están dirigidas a mantener la vida y nunca a provocar la muerte.

Pero una condición esencial es verificar la potencial reversibilidad de la enfermedad que se trata, para poder comprender también la necesidad de una abstención o retiro para permitir la muerte.

El objetivo de la medicina nunca fue evitar la muerte, ni siquiera en la época hipocrática, pero ahora el soporte vital (respiradores, marcapasos, drogas, hemodiálisis, alimentación y nutrición) cambió el eje de la discusión.

Ya no se trata de un discurso lejano y distante del cuerpo del paciente.

Ahora se trata de no accionar o retirar medios reales y tangibles en pacientes irreversibles que se interponen a la llegada de la muerte simbolizada por la más natural de las muertes: la cardíaca. Esta muerte intervenida (por nosotros, los médicos) permite la muerte y nunca la provoca. Y la muerte, que es parte de la vida, puede llegar sin aislamiento, desfiguración y sufrimiento.

El soporte vital que se introdujo en medicina para salvar tantas vidas y rescatar a tantos otros de una muerte segura es un medio para ser usado con racionalidad e indicación médica . Y en aquellos pacientes que no tienen capacidad cognitiva o la han perdido para siempre las decisiones deber ser tomadas por iniciativa médica y con acuerdo familiar. Resulta paradójico invocar un principio de autonomía en aquellos pacientes que no pueden ejercerlo y el resultado involuntario puede ser transformar al paciente en un rehén del poder tecnocientífico.

Los terceros que deben afrontar el problema son los médicos y los familiares tutelados por una norma legal que en Argentina resulta imprescindible. Hay que evitar que los terceros sean los jueces, no sólo por razones morales, sino porque en nuestro país el único fallo de Corte Provincial (Buenos Aires, 2005) fue desfavorable al retiro de soporte vital en un estado vegetativo permanente.

El mejor deseo de que estas decisiones sean tomadas en la privacidad de la relación entre el grupo médico y el núcleo familiar resulta remoto, porque la publicidad de las situaciones y la peligrosa judicialización de los actos médicos en nuestro país tornan ilusoria esta pretensión . Y en la actual situación con este importante y necesario debate que se ha instalado en el país, el contenido de la Ley 4264 de la Provincia de Río Negro debería ser el modelo a imitar para que rija en una ley de alcance nacional. La misma no debería apartarse de una simple y sencilla regulación de esta práctica que proteja los pacientes , especifique las acciones de los médicos, asegure la participación familiar y preserve la dignidad del fin de la vida. La muerte intervenida podrá así dignificar la muerte en esta era tecnológica de la medicina.

Fuente: Diario “Clarín”, Sección Debate – Opinión. 29 de agosto de 2011.

 

                                                adnlinea.gif (9163 bytes)