Todas las éticas de la muerte digna

“Muerte digna” es un eufemismo que encierra una pluralidad de valores. Por lo tanto, necesita una respuesta humana y compasiva, que garantice que no habrá decisiones arbitrarias o sin control y que se respetará la voluntad del paciente.

Por Florencia Luna, EXPERTA EN BIOETICA (CONICET, FLACSO)

En estas últimas semanas un caso dramático desató el debate acerca de la “muerte digna”. ¿Cómo entender esta controversia? La medicina se ha sofisticado, ha obtenido logros impensables pero, también exhibe un lado oscuro.

Mientras algunos confían en la tecnología médica y se entregan a ella, otros temen morir en el hospital, solos, aislados, conectados a aparatos, sin poder de decisión alguno. Aún peor, en ocasiones, pueden quedar “prisioneros” de la misma: máquinas conectadas para salvar la vida o resolver un episodio agudo no lo logran … y ya no se pueden apagar.

Angustia la posibilidad de tratamientos fútiles y del encarnizamiento terapéutico . Tal es el telón de fondo sobre el que hay que ubicar este debate.

“Muerte digna” es un eufemismo. Por ella se entienden situaciones muy diferentes que involucran valores o principios éticos distintos.

Una es la circunstancia de la persona que está consciente y se niega a determinados tratamientos o solicita que se le retiren aparatos de sostén vital. El primer caso corresponde a un rechazo de tratamiento que debe ser aceptado sin mayores problemas (aún cuando tal negativa tenga como posible consecuencia la muerte de la persona). Implica un no comenzar, una omisión. El segundo caso también consiste en un rechazo de tratamiento, pero involucra a otra persona que debe realizar la acción de desconectar . Y ésta, aunque pueda tener las mismas consecuencias que la anterior, psicológicamente resulta diferente. Sin embargo, desde una perspectiva ética la voluntad expresa del o la paciente es fundamental. Se trata de agentes morales que tienen el derecho a decidir acerca de cómo vivir y, por ende también, como desean morir.

Ahora bien, ¿ qué sucede cuando aquel paciente está inconsciente y ya no puede expresarse? Aquí se tienen en cuenta los deseos previos del paciente y, también, cuáles son sus mejores intereses. Cuando los deseos previos y los intereses del paciente no coinciden se generan situaciones dilemáticas. Pero, en general, desde una perspectiva ética se considera que son los deseos previos del paciente los que deben prevalecer . Una forma de asegurar su respeto es mediante el uso de testamentos vitales .

Éstos no sólo tienen valor moral sino que actualmente ya tienen estatus legal.

Pero existen caos aún más difíciles. ¿Qué hacer cuando un paciente nunca fue competente o es tan joven que este tipo de reflexiones no se le plantearon? ¿Hasta dónde se puede forzar una existencia que se mantiene artificialmente y que no tiene perspectivas de reversibilidad? Aquí se suma un elemento extra: son otros (familiares o médicos) los que deben decidir por el paciente. En el caso de la futilidad el eje parece centrarse en una “evaluación objetiva”, en lo inadecuado o inútil del tratamiento.

Este concepto objetivo de futilidad ha sido cuestionado.

Se argumenta que los médicos no pueden determinar si los efectos esperados del tratamiento son beneficiosos, ya que lo que está en cuestión es qué cuenta como un buen resultado: una pregunta religiosa o filosófica pero no médica.

Así, se sugiere que la futilidad de una acción médica la señale el familiar.

Es cierto que si no se conocen los deseos expresos de los pacientes, resulta muy difícil tomar ciertas decisiones vitales, pero ver agonizar a un ser querido también puede ser lacerante. Otra alternativa es convocar a un comité de ética para que brinde su parecer sin sesgos o apresuramientos y, que de esta manera, avale o cuestione la decisión familiar.

Finalmente, se debe tener en cuenta que pasar de la resolución de casos particulares a la formulación de políticas públicas plantea otro tipo de desafíos . Hay que considerar cómo evitar abusos y proteger; pero, al mismo tiempo, respetar a estas poblaciones en situación de vulnerabilidad. Para ello es necesario un debate público y transparente acerca de estas decisiones así como el diseño de mecanismos efectivos para monitorear y controlar estas prácticas.

Se deben evaluar los riesgos a los que se expone a las personas, analizar el efecto de estas políticas en la sociedad. Estos desafíos pueden resolverse mediante comités de ética, evaluaciones independientes, períodos de espera u otros salvaguardas y controles .

Frente a un contexto difícil, con una pluralidad de valores, deseamos una respuesta humana y compasiva, que garantice que no habrá decisiones arbitrarias o sin control; pero también que no se someterá a sufrimientos innecesarios a los pacientes y que se respetarán sus voluntades.

Fuente: Diario Clarín, Sección Opinión, 14 de septiembre de 2011.

 

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