Asociacion Argentina de Bioetica

 

Entrevista con el Dr. Héctor Delfor Mandrioni (*).

 

—¿Cuáles son los elementos que usted utilizaría para diferenciar lo que lleva a la realización del hombre de lo que atenta contra su dignidad?

 

—Los elementos de juicio se nuclean en torno a la capacidad cognoscitiva del ser humano y su rica experiencia lograda a través de la historia. En el horizonte de la filosofía dichos elementos se hallan en el espacio antropológico y ético. Es preciso tener una idea clara de lo que es el hombre y su naturaleza para luego percibir qué es aquello capaz de realizarlo. Una realización plena del hombre será aquella que logre explicitar las potencialidades incitas en su naturaleza. Una vez que yo sé qué es el hombre (antropología), sabré entonces cómo debe obrar el hombre (ética) para cumplirse como tal y no frustrarse.

Pero esa capacidad de la mente, con la cual juzgo lo que el hombre es y cómo debe obrar para cumplirse, hunde sus raíces en la experiencia de los pueblos, de las épocas, de los individuos y en especial de los hombres morales y sabios que a lo largo de la historia fueron descubriendo el mundo de los valores. Históricamente descubiertos pero que, una vez evidenciados como necesarios y universales, como valederos en sí, debido a su intrínseca riqueza moral, se muestran dotados de un alcance transepocal  y transcultural. Así, los valores de verdad, justicia, respeto, derechos del hombre, etcétera, muestran, cuando se encarnan en la existencia de una persona, que esa persona se cumple, se realiza. Junto a los valores morales, cuyo respeto exige a todos, hay otros valores, que sin ser morales, están llamados a cumplirse de una manera particular, según las vocaciones e ideales de vida.

O sea, me refiero a todos aquellos valores como los que tienen que ver con determinadas vocaciones y profesiones. Así, todos están obligados a ser hombres moralmente buenos, pero no todos están obligados a ser músicos o médicos. Cuando se afirma que la inteligencia y la experiencia se hallan en la base del discernimiento ético se tiene presente que la luz de la inteligencia y de la experiencia se concreta, de hecho, en lo que se llama “sabiduría práctica”. Con ella se juzga —en los casos concretos y en las situaciones determinadas, sobre todo aquellas cosas que se presentan como problemáticas—, qué es lo que favorece al hombre en su dignidad y qué es lo que se erige como obstáculo para su cumplimiento. A la luz de lo dicho podemos sintetizar diciendo: los elementos para el juicio se cifran en lo que se llama “la razón teórica” y la “razón práctica”.

 

—Desde su punta de vista, ¿cuáles serían las exigencias primarias del ser humano en la actualidad?

 

—Esas exigencias primarias deben ser contempladas desde dos perspectivas. Desde una de ellas, que es básica, constituye una exigencia primaria el derecho a la vida y al durar viviendo, o sea, subsistiendo. Es absolutamente e infinitamente valioso ser, y disvalioso no ser. La intrínseca valiosidad del ser vivo humano debe ser rescatado tanto en lo que respecta a la vida del pasado, del presente, y en especial hoy con relación a la vida futura. El filósofo alemán Hans Jonas establece como imperativo categórico lo siguiente: “Obra de tal manera que con tus actos hagas posible la existencia de los hombres del futuro”. Lo dice en particular con relación al problema ecológico.

Desde otra perspectiva, exigencias primarias también —y sobre todo— son aquellas que tienen que ver con la vida del espíritu, o sea con aquello que tiene el hombre de específicamente humano. Y aquí nos hallamos, como es lógico, ante lo que se denomina la “jerarquía de los valores”. Precisamente llamamos santos o héroes a aquellos que expusieron e incluso donaron sus vidas en aras de los valores de la verdad y de la justicia. De modo que, como fijó alguien: “¿De qué sirve la vida si no es para darla?”. Pero podríamos dar un paso más y afirmar que ambas perspectivas acerca de la primariedad de las exigencias se reúnen en la exigencia primaria, global y fundamental de la educación. Tanto la vida corpórea como la vida espiritual deben ser educadas. El hombre es un ser que nace “inteligente” en ambos órdenes y necesita de la ayuda de los “otros”, sin los cuales perece.

Y todavía podríamos dar un paso más abarcador, a saber, la necesidad de cultura, pues en ella se centran todos los valores que tienen que ver con el cumplimiento y perfección del ser humano. Si bien el hombre es un ser encomendado a sí mismo para su propia realización  responsable y solidaria, esa tarea no puede llevarla a cabo sin la presencia eficaz de los otros y de las instituciones. Cuando se habla de exigencias para la realización del hombre, siempre se debe tener presente la absoluta y necesaria realidad de la “comunidad”. Es imposible cubrir el reclamo de las exigencias si no existe una comunidad capaz de satisfacer aquellas necesidades.

Las exigencias primarias se fundan en el desear del hombre; toca a los otros ejercer la función de ayuda para la satisfacción de esos deseos. De más está recordar que a medida que el ser humano crece (cada vez más), de receptivo debe volverse sujeto activo y capaz de iniciativa.

 

—¿Cuáles son, entonces, los aspectos positivos y/o negativos del extraordinario avance de la tecnociencia en la sociedad actual y su correlación a la dignidad humana?

 

—Hay que destacar, desde el comienzo, la intrínseca bondad y necesidad de la técnica. El homínido no se hubiera humanizado si, con la técnica  como mediadora, no hubiera alcanzado el poder de defenderse frente a las inclemencias y hostilidades del medio en el que vivía. Pero la dificultad surge cuando se tiene presente la actual modalidad de la técnica, gracias a su conjunción con la ciencia, que se pone ahora de manifiesto. Tal vez la respuesta se compendia en  lo que expresa un filósofo al respecto. Es preciso decir Sí a la técnica, en lo que tiene de positivo para el hombre, y No en lo que presenta de antihumano. Largo sería el elenco  de todo aquello que se presenta como positivo o negativo en la tecnociencia. Cubrir las necesidades primarias del hombre, satisfacer todo lo que atañe a la salud, al habitar, al hambre, a las relaciones comunicacionales de los individuos y de los pueblos, al acercamiento de las culturas, al bienestar en general, en última instancia, con todo lo que tiene que ver con la civilización, entendida como un sistema de medios.

Pero los aspectos negativos pueden ser localizados en los siguientes hechos. La uniformidad y homogeneización de la vida, la reducción del lenguaje a pura univocidad e instrumentalidad, al desarraigo de las culturas, la explotación irracional de las reservas del planeta, la corrupción de las memorias de los pasados fundacionales. En pocas palabras, en querer convertir a la técnica que, como dijimos, es un “sistema de medios” en un “sistema de fines”. Viendo el tema con mayor profundidad, no se puede negar que esta “era técnica” debe ser comprendida como un destino histórico. Aquí destino no debe entenderse como fatalidad, sino como “destinación” —eso que la historia occidental nos entrega— y como “determinación” —lo que específica nuestro modo actual de estar instalados en el mundo—.

Pero, en última  instancia, lo nocivo o saludable de la técnica depende del tipo de uso que el hombre haga con ella. Pero no se puede dejar de pensar que ha llegado el momento de “encauzar” y de saber decir “no” a una dialéctica por la que pareciera que cada vez más la técnica escapa de las manos del hombre, de modo que el ser humano se convierte:  de “domesticador” de la naturaleza en “domesticado por la omnipotencia de la técnica”.

 

(*) Filósofo, doctorado en la Universidad de La Plata. Ha brindado magistrales cátedras de post-grado en su especialidad. Se ha perfeccionado en las Universidades Alemanas de Heidelberg, Munich y Tubinga. Es autor de numerosas obras de Filosofía, entre las cuales se encuentra su tesis doctoral sobre Max Scheler: “El Concepto de “Espíritu” en la Antropología Scheleriana”; su clásica obra“Introducción a la Filosofía” y, en fecha más reciente, “Pensar la Técnica. Filosofía del Hombre Contemporáneo”.  

Por Lynette Hooft.

 

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