A PROPÓSITO DE LA NOCIÓN DE EUTANASIA

 

                          por Eduardo Luis Tinant

 

En los últimos días nos conmueve el caso de Terri Schiavo, con desenlace clínico y jurídico aún incierto, si bien parece prevalecer el pedido de autorización de su esposo de retirarle la asistencia médica artificial, permitiéndole -como consecuencia- morir, frente al reclamo de los padres de la paciente para que ésta sea reconectada a la sonda vital. No hace mucho, idéntica repercusión tuvo entre nosotros el caso análogo resuelto por la Suprema Corte de Justicia bonaerense, con fallo adverso a similar petición. En ambos, se trata de decisiones sobre la atención médica en el final de la vida, más precisamente, relacionadas con el estado vegetativo de la persona y –según la referencia de los medios en general- y la eutanasia. ¿Se configuró ésta, en verdad?. ¿Qué hay que saber para determinarlo?. Es necesario clarificar conceptos a la hora de abordar tan delicados temas. Lo intentaremos.

 

El estado vegetativo de la persona ha sido definido por renombrados médicos especialistas en neurología como una condición clínica caracterizada por inconsciencia completa de sí mismo y del medio ambiente, con incapacidad para interactuar con otros y para responder voluntaria y adecuadamente a estímulos visuales, auditivos, táctiles o dolorosos. El cuadro excluye la posibilidad de la percepción de dolor, hambre, sed y sufrimiento en general, ya que –por definición- éstas son experiencias conscientes. Vale decir, confirmada la irreversibilidad del cuadro no resulta improcedente el retiro de los medios de soporte artificial, como alimentación-hidratación de tal modo, a pesar de su valor simbólico, considerándose al mismo como un tratamiento médico (y por tanto con indicaciones, contraindicaciones, dosis, efectos secundarios), y no una medida de confort (como mantener al paciente limpio y seco), que todo paciente debe recibir.

 

Sin embargo, el tema parece reabrirse hacia el debate, a partir del discurso del Papa Juan Pablo II (20 de marzo de 2004) a los participantes en el Congreso Internacional sobre “Tratamientos de mantenimiento vital y estado vegetativo: avances científicos y dilemas éticos”, por el que se puntualiza la existencia de casos de recuperación de pacientes en esas condiciones, al menos parcial, hasta el punto de que se puede afirmar que la ciencia médica no es aún capaz de predecir con certeza quién entre tales pacientes podrá recuperarse y quién no. El documento papal señala asimismo que la administración de agua y alimento, aun por vías artificiales, representa siempre un medio natural de conservación de la vida, no un acto médico, y por tanto su uso se debe considerar, en principio, ordinario y proporcionado, y como tal moralmente obligatorio.

 

Más polémica aún, si cabe, es la cuestión sobre la eutanasia (en su sentido etimológico “buena muerte”), término cuyo significado actual se refiere a la conducta (acción u omisión) intencionalmente dirigida a terminar con la vida de una persona que tiene una enfermedad grave e irrecuperable, por razones compasivas y en un contexto médico. Acaso porque este concepto, perfilado como eutanasia “pasiva”, suele aplicarse a la cesación o no inicio de medidas terapéuticas fútiles o innecesarias en un enfermo que se encuentra en situación de enfermedad terminal, actuaciones que no constituyen ninguna forma de eutanasia y sí, en cambio, deben considerarse como parte de la buena práctica.

 

De cualquier manera, no cabe prescindir de los principios de la medicina paliativa (basados en el axioma: “Cuando ya no se puede curar, hay que cuidar y confortar, amén de aliviar y consolar, tanto al paciente como a sus familiares”) y, en el supuesto de existir, las directivas anticipadas para tratamientos médicos y/o valores o deseos del paciente que puedan ser considerados válidos (tema sobre el que se ha presentado un proyecto de ley en la Legislatura bonaerense, que seguramente se tratará este año).

 

El dilema -en éstos, como en casos semejantes- es que no todo lo que es técnicamente posible, resulta éticamente aceptable, debiendo evitarse tratar a los enfermos recuperables como si fueran a morir y a los enfermos moribundos como si se fuesen a recuperar. 

 

En nuestra opinión, la preocupación moral no puede centrarse únicamente en la mera subsistencia biológica. Por ser humana, la vida ha de ser reconocida en toda su dignidad. En otros términos, los principios de respeto, conservación e inviolabilidad de la vida, de suyo primordiales, deben conjugarse a la luz de otros principios bioéticos que exigen además, como telón de fondo, el respeto de la dignidad y la integridad de la persona enferma y una piadosa aceptación de la finitud de la condición humana.

 

La Plata, 25 de marzo de 2005.

 

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