Hollywood y la eutanasia

    Al fin y al cabo, ¡es mi vida!

 

(sobre algunos dilemas bioéticos reflejados en el cine)

 

Autores:  Dr. Mario Sebastiani,  Dr. Miguel Butera y Lic. Benjamín Uzorskis (Comité de Bioética del Hospital Italiano de Buenos Aires 

            Desde tiempos inmemoriales, cuando La Muerte realizaba su trabajo lo hacía en forma completa y definitiva. Antes las agonías eran muy raras; la gente se moría y punto. Y ni siquiera se sabía debido a qué causa.

            Pero desde que la medicina comenzó a librar batallas cada vez más espectaculares contra La Muerte, la cuestión es bien distinta. Hoy pueden observarse curas que parecen milagrosas y mejorías espectaculares. Pero a veces se generan situaciones bastante complejas y dilemáticas. Aparecen entonces, hechos discutibles como el estiramiento vegetativo de la vida o el encarnizamiento terapeútico.

            Este problema aparece en dos films recientes, “Mar adentro” (España/2004) y “Million dollar baby” (Estados Unidos/2004)[1], donde se plantea el pedido de suicidio asistido como un tema controvertible. Un año antes también “Las invasiones bárbaras” film canadiense, había mostrado un fin similar.

            Una mirada suspicaz puede suponer que quienes premiaron estos films -en la última entrega de los Premios Oscar de la Academia de Hollywood- se habrían confabulado con la oscura intención de promover la eutanasia.

            Desde una perspectiva más amplia, y que piensa a las producciones culturales como reflejo de la subjetividad de la época, se puede sostener que estos dos films dan a ver sendos dramas donde los personajes se deben enfrentar a situaciones dilemáticas situadas en un punto límite. Ambas historias concluyen con la intervención de un tercer personaje que ayuda a morir al protagonista central.

En el primer film, Ramón Sampedro (Javier Bardem), libra una lucha legal por conseguir su propia muerte a lo largo de 28 años difíciles y complejos. Su drama se desencadenó en su juventud a causa de un accidente que lo convierte en cuadripléjico. El director del film, Alejandro Amenábar, con tacto y emotividad. registra este drama humano: el contraste evidente entre el deber ser, las costumbres atávicas campesinas y la posibilidad de aceptar el libre albedrío, no en oposición a la vida sino como defensa del propio deseo. En este sentido es paradojal la historia de Sampedro: gracias a la sobrevida que le permite la medicina moderna y el tenaz apoyo familiar, concreta una nueva vida que pone en cuestión las situaciones dilemáticas que genera actualmente la práctica médica, pudiendo librar así una exitosa batalla legal y mediática. Finalmente, con la ayuda de sus amigos, algunos pertenecientes a una asociación pro-eutanasia, consigue los suministros necesarios como para lograr el deseado suicidio asistido, actuando lúcida y autónomamente, siendo totalmente responsable de su decisión.

Clint Eastwood, en el otro film, muestra críticamente a una sociedad despiadada, donde también la mujer se lanza en una carrera de rivalidad destructiva. Su relato impacta finalmente con una situación límite en la cual el suicidio asistido, como en el film anterior, es un acto piadoso que, en este caso, se realiza en las sombras de la intimidad: el manager de box le suministra a su pupila una dosis de cloruro de potasio con el objetivo de provocarle su muerte. Anteriormente, cuando la boxeadora advierte que su vida quedará condenana a la postración, le había solicitado que realizara algún procedimiento para anticipar su muerte.

 

            Nos parece importante promover una actitud reflexiva con relación al tema en común que se plantea en los dos films antes mencionados: el derecho a morir.

            Según Rodriguez del Pozo2 “El término ‘derecho a morir’ suele aparecer bajo dos diferentes acepciones. Una de ellas, significa la potestad que asiste a los enfermos terminales de exigir a los médicos que se abstengan de iniciar o de continuar tratamientos destinados a prolongarles la vida. La otra, como la facultad de tales enfermos de solicitar que un médico ponga fin a sus vidas o les brinde ayuda a tal fin, hablándose de ‘eutanasia (eu: buena; thanatos: muerte) voluntaria activa’ y de ‘suicidio asistido’, respectivamente.”[2]

            La Iglesia Católica se opone taxativamente a estos planteos porque considera que la vida es un don de Dios, y como tal, le pertenece sólo a El el derecho de decidir al respecto.

John Stuart Mill, un filósofo que defiende el libre albedrío, considera en cambio que cada uno de nosotros puede disponer de su propia vida. Esta tesis apunta fuertemente a sostener la autonomía del ser humano con relación a sus actos. 

Este principio de autonomía es quizás el más controvertido y de difícil aplicación en la práctica de la medicina, habida cuenta que venimos de un pasado reciente en donde el enfermo era considerado un incompetente para decidir.

La relación médico - paciente era absolutamente asimétrica, en ese vínculo era el paciente el que estaba enfermo y no poseía el conocimiento, siendo, en cambio, el médico quien estaba sano y poseía el saber hacer.

Así es como la visión filosófica actual nos muestra que la autonomía es instrumentalmente valiosa para poder ser feliz en tanto se puede elegir con relación a las preferencias individuales de cada sujeto.

Esto es intrínsecamente válido en tanto el hombre debería ser tratado como un fin en sí mismo y no como un medio.

Por esta razón, uno de los temas a resolver es el de la protección del individuo respecto del desequilibrio existente entre el poder del mismo y el del Estado. Y sería preciso además analizar cuáles son los intereses de un individuo y cuales son los intereses de los otros integrantes del grupo social.

            En este sentido, cada sujeto debería poder protegerse de los médicos, del Estado y de los sistemas de salud, como para que no le sea expropiado el final de la vida que cada uno considera que quiere tener.

Por supuesto, no todos ven estas cosas de la misma manera.

Algunos consideran que franquear estos límites, sin un ameritado y consensuado debate, hará que en el futuro no solamente los competentes sean los que logren la muerte asistida, sino que también serán pasibles de esta consideración, aquellos que no han expresado su voluntad de cómo morir, dando paso así a la eutanasia involuntaria.

Otros, siguiendo líneas similares de pensamiento, sostienen que la eutanasia no debe existir puesto que hoy la medicina debería dar respuesta a los sufrimientos de los pacientes a través de los cuidados paliativos (correcta asistencia de los ancianos, inválidos, discapacitados y enfermos en situación terminal).

            Queda, pues, planteado el debate...


[1] Este tema tiene un antecedente excelente:  “Al fin y al cabo es mi vida [?]” (Estados Unidos/1981), film dirigido por John Badham e interpretado por Richard Dreyfuss (el escultor que queda tetrapléjico) y John Cassavetes (como el médico, firme en sus convicciones, que quiere vencer a La Muerte). Son  brillantes los diálogos que vienen de la obra teatral de Brian Clark “Whose life is it anyway?”

 

 

[2] Rodriguez del Pozo, Pablo: El “derecho a la eutanasia”: problemas de un enfoque equivocado en Perspectivas Bioéticas en las Américas, N° 4 Segundo Semestre de 1997, Buenos Aires.

 

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