TIEMPO “BIOGRAFICO” Y TIEMPO “BIOGENETICO”

 por Eduardo Luis Tinant (*)

      Magnitud astronómica que permite ordenar el devenir de los fenómenos y los cambios de posición de los astros en el espacio celeste, el tiempo se inserta en el centro de la física, y su incorporación en el esquema conceptual de la física galileana significó el punto de partida de la ciencia occidental. Sin embargo, el padre de la relatividad general, Albert Einstein, llegó a aseverar que “el tiempo irreversible –la distinción entre pasado y futuro- es sólo una ilusión” (no hay flecha del tiempo en el nivel de la descripción fundamental de la naturaleza), si bien en las postrimerías de su vida rechazó la posibilidad de retornar al pasado pues equivalía a una negación de la realidad del mundo. En “Una nueva refutación del tiempo” (1974), Jorge Luis Borges expresa análoga ambivalencia (“El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”). Negar el tiempo –tentación a la que no resistieron el genial físico y el no menos renombrado escritor- puede parecer un consuelo o semejar un triunfo de la razón humana, pero es siempre una negación de la realidad. El tiempo y la realidad están irreductiblemente vinculados.

 

      Así lo destaca el premio Nobel de Química Ilya Prigogine (“El fin de las certidumbres”, 1996) cuando, siguiendo los pasos de Boltzmann y el desarrollo espectacular de la física de los procesos de no equilibrio y de los sistemas dinámicos inestables, procura resolver la paradoja del tiempo que traslada a la física el dilema del determinismo, esto es: si el tiempo es irrelevante (porque podemos prever los comportamientos básicos de la naturaleza) o relevante (porque no siempre lo que nos sucedió determina lo que nos puede suceder). Rescata la noción de la existencia de una flecha del tiempo, incluso antes de la creación de nuestro universo, pero asociada a dos elementos, la irreversibilidad  y la probabilidad, y por tanto a la idea de caos. Y concluye que la historia de la materia  está engastada en la historia cosmológica, la historia de la vida en la de la materia y, finalmente, que nuestras propias vidas están sumergidas en la historia de la sociedad.   

     

Fue Sir Arthur Eddington, tal como menciona el filósofo argentino Víctor Massuh en libro con igual título (1990), quien por pri­mera vez habló de “la flecha del tiempo”, señalando su dirección determinada por el creci­miento de la entropía, pero advirtiendo que su misterio se pierde en las alturas de los "supuestos teológicos". Desde entonces el tema fue enriqueciéndose dentro de una discusión científica en la que intervinieron Schroedin­ger, Popper, Hawking y el citado Prigogine, entre otros, proyec­tando el debate entablado en el seno de la física fuera de ella, conforme lo anunciara el propio Eddington, ya como idea científica, símbolo de la filosofía o metáfora de la religión.

 

      Por ejemplo, Stephen W. Hawking (“Historia del tiempo. Del big bang a los agujeros negros”, 1988), heredero de la cátedra de Newton en la Universidad de Cambridge, se plantea e intenta responder las sempiternas preguntas sobre la naturaleza del tiempo y del universo: ¿Hubo un principio en el tiempo?, ¿Habrá un final?, ¿Es infinito el universo?, y para ello pasa revista a las grandes teorías cosmológicas desde Aristóteles hasta nuestros días, incluyendo las aportaciones de Galileo y el propio Newton, así como la teoría de la relatividad de Einstein y la gran física del siglo XX, la mecánica cuántica, procurando combinar estas últimas en una sola teoría unificada completa.

     

      Con similar énfasis se ha sostenido que la meditación sobre el tiempo representa la verdadera prueba del filósofo. Célebre testimonio de ello es el pasaje de San Agustín en el libro XI de las “Confesiones”: “¿Qué es el tiempo?. Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé”. En efecto, según apunta Hans-Georg Gadamer (“El tiempo y el pensamiento occidental de Esquilo a Heidegger”, en Paul Ricoeur y otros: “El tiempo y las filosofías”, 1979), cabe preguntarse si esta famosa frase tiene que ver de hecho con el misterio del tiempo o se refiere más bien a toda experiencia del pensamiento filosófico.

 

      Como agudamente añade José Alberto Mainetti (“El tiempo biológico y el hombre”, III. “Cronoantropología”; apéndice de “Homo infirmus”, 1983), “junto al tiempo que angustia y desgarra, hay también aquél que aplaca, cura y consuela, madura y perfecciona; pero no se trata de estética sino de metafísica, no ya entonces del tiempo como fuente de nuestros más hondos sentimientos, y sí en cambio de las maneras como aquél afecta nuestro ser”. 

 

En cualquier caso, con su vuelo imperceptible la flecha del tiempo unifica a todas las criaturas del universo. En particular, el ser humano “de carne y hueso” atisba la importancia de su condición temporal cuando cotidianamente manifiesta: "El tiempo es oro", "todo tiempo pasado fue mejor", "pasó mi cuarto de hora", "tiempo al tiempo", "el tiempo será tes­tigo", "no hay mal que dure cien años", etc. Vale decir, advierte que necesita tiempo para cualquier actividad que emprenda y que, según sea lo que haga, ganará  tiempo o perderá  tiempo.

     

      La idea de proceso como un sucederse de actos en el tiempo está siempre latente en él. No es una cosa sino una corriente continua de acaeceres sin tregua, en la que nada vuelve con idéntica forma.

     

      Es que los tres modos del tiempo, el pasado (lo que se recuerda), el presente (a lo que se está atento) y el futuro (lo que se espera), forman un todo que no puede ser disgregado: no es posible describir el estado momen­táneo de un organismo sin tomar en consideración su his­toria y sin referirla a un estado futuro con respecto al cual el presente es meramente un punto de pasada.

      

Como también discurriera San Agustín (“Confesiones”, XI), el tiempo es un "ahora... que no es". El "ahora" no se puede detener, pues si esto ocurriera no sería tiempo. El tiempo es un "será que todavía no es". Paradoja que le llevó a manifestar que, si en el acontecer espiritual pa­sado, presente y futuro nacen, viven y concluyen juntos, no se trata de tres momentos sino de uno solo, de un puro presente, más o menos dilatado, hasta la perspectiva de arañar el infinito.

     

      El jusfilósofo platense Mario Alberto Copello (“El tiempo en el Derecho”, 1960) ha puesto de relieve la tremenda latitud del "ahora", el "antes" y el "después" en el acontecer espiritual, pues su extensión depende del número de presencias de objetos. "Ahora" puede ser el invierno, o el mes de agosto, o la tercera semana de agosto, o el miércoles de esa tercera semana, o el mediodía de ese miércoles (con un "antes" y un "después" de similar latitud: el otoño y la primavera, los meses de julio y septiembre, la segunda y la cuarta semana de agosto, etc.) y así sucesivamente cuanto se quiera, en uno u otro rumbo de la trayectoria. En suma, la específica data del acontecer espiritual es la del presente, cuya duración variable es la exigida para la comprensión del episodio humano que implica.

     

      El autor concluye que cuando el ju­rista hace referencias temporales, aludiendo siempre y solo al acontecer espiritual -lo que ocurre porque el de­recho es vida humana viviente-, o bien acota rígidamente ese presente o en cambio deja librados sus mojones a la labor interpretativa.

     

En este contexto no resulta difícil diferenciar, en el marco de la realidad viviente (marco a la vez natural y humano, biológico y biográfico), el tiempo “biográfico” del tiempo “histórico”. El primero, perte­neciente a la vida individual de cada persona, en tanto el segundo propio de la sociedad en su conjunto, y por ex­tensión de las instituciones estatales (tiempo ins­titucional), anudándose ambos en la vida social de las personas. Como expresáramos en “El país de los argenios” (1991), el tiempo biográfico es el tiempo histórico... de una persona. Es tiempo limitado, tiempo que se acaba, irreparable. El hombre tiene “edad” (carácter que stricto sensu sólo corresponde a la vida humana) y la edad es estar el hombre siempre en un cierto tramo de su escaso tiempo.

     

      Por ello, para Ortega y Gasset hay en la historia un anacronismo esencial, que sólo se comprende si se distingue coetaneidad ("el conjunto de los que son co­etáneos en su círculo de actual convivencia, es una gene­ración") de contemporaneidad (actualidad histórica en la que conviven en un aparente tiempo único generaciones de niños, jóvenes, maduros y ancianos).

     

      De igual manera cabe apreciar la influencia del tiempo sobre las instituciones jurídicas, al condicionar la vida del hombre y los actos que éste realiza: en la edad de las personas, los momentos del acto, el plazo de sus de­rechos y deberes, el tiempo total como ámbito de vigencia y de validez de la ley, el mero transcurso del tiempo dando lugar a la adquisición o la pérdida de derechos, mediante las “figura juris” de usucapión, prescripción, perención, cosa juzgada. Según Savigny (“Sistema de Derecho Romano actual”, III), ora con independencia de la vo­luntad humana, ora dependiendo de ésta.

     

      De ahí sostiene el profesor Fernández Sabaté (“Filosofía del Derecho”), que el hombre prudente es lento en la deliberación y en la gestación de los va­lores, pero es diligente y efectivo en su realización. “Kronos” -en griego "tiempo"- también se emparenta con la voz "madurez", porque en el tiempo las cosas alcanzan su puesta en forma. Y también en el tiempo se corrompe dicha forma.

 

Pero hay más. Como anticipáramos en “Antología para una bioética jurídica” (2004), los nuevos y crecientes avances de la biomedicina en el marco de la llamada “revolución biotecnológica” -además de una ambivalente mejoría de la salud y la calidad de la vida, desde que el bienestar y el progreso invocados suelen acarrear nuevas amenazas para la dignidad de las personas-, seguramente han de influir en dicho cuadro, sumando al tiempo biográfico y al tiempo histórico el que hemos denominado tiempo “biogenético”, inherente a una nueva dimensión biológica del hombre y que ha de remodelar las tradicionales nociones de coetaneidad y contemporaneidad ya citadas, en virtud del poder sin precedentes que encierra la manipulación del código genético de la vida que el propio ser humano ha conquistado: en particular, las cuestiones que plantean la aplicación de las técnicas de ingeniería genética molecular que permiten la transferencia horizontal de genes -entre las personas en general y no sólo vertical de padres a hijos- en las terapias génicas germinales, la posibilidad de la clonación humana total o parcial, la inseminación artificial y la fecundación in vitro, el empleo de gametos de donantes anónimos con la consiguiente pérdida de referencias biológicas de las personas así generadas, la crioconservación y bancos de embriones humanos y la maternidad subrogada o por sustitución, con las serias implicancias éticas y jurídicas que son de imaginar.   

     

A guisa de epílogo (mientras tanto...): Cuando alcanzamos edades arque­típicas -v.gr. al cumplir treinta, cuarenta, cincuenta años de vida-, solemos hacer un balance o inventario sobre el grado de realización de nues­tro programa vital. Comprobamos más que nunca en tales oportunidades que el tiempo, como supo definir la filosofía, es la materia huidiza de que estamos hechos los seres hu­manos. ¡Qué nuestra inercia o falta de decisión no nos haga parafrasear entonces el título de la obra maestra de Marcel Proust: “A la recherche du temps perdu”!...

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(*) Profesor Titular de Filosofía del Derecho y Director de la Maestría en Bioética Jurídica, Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, Universidad Nacional de La Plata (e-mail: e-tinant@sinectis.com.ar).                                                      

 

 

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